¿Por qué hay más ajolotes en los muros que en los lagos de la CDMX?

¿Por qué hay más ajolotes en los muros que en los lagos de la CDMX?

Hay una imagen extraña en la Ciudad de México: mientras el gobierno llena puentes, bardas, patrullas y asfalto con ilustraciones de ajolotes, el animal real sigue desapareciendo de los canales de Xochimilco. El fenómeno ha sido bautizado informalmente como “ajolotización”.

El término surgió entre críticos de la estrategia de imagen urbana, pero terminó siendo reivindicado por la propia jefa de Gobierno, Clara Brugada, quien respondió: “Si transformar la ciudad, construir paz e igualdad es ajolotizar, entonces ¡bienvenida la ajolotización!”.

Así, rumbo al Mundial de 2026, el ajolote dejó de ser solamente una especie emblemática para convertirse también en símbolo urbano, estético y político.

La intención oficial es entendible, pues las ciudades modernas compiten por símbolos e identidades. El ajolote es endémico del Valle de México, aparece en el billete de 50 pesos, reconocido alguna vez como el “más bonito del mundo”, y quizá ningún otro animal representa mejor la identidad lacustre de la capital.

El problema es otro: mientras la imagen del ajolote prospera sobre el concreto, la especie real continúa desapareciendo bajo el agua.

Ajolote, billete de 50 pesos
Alto Nivel

Más ajolotes en el asfalto que en los lagos

El problema de la “ajolotización” no es que existan demasiados ajolotes pintados. El problema es que la ciudad puede contabilizar puentes intervenidos, trenes tematizados y campañas visuales, pero sigue teniendo dificultades para responder una pregunta más básica: ¿cuántos ajolotes sobreviven realmente en libertad?

Investigadores de la UNAM detrás de la campaña “AdoptAxolotl” estiman que la rehabilitación ecológica de Xochimilco y la consolidación de refugios para la conservación del ajolote requerirían alrededor de 600 millones de pesos (mdp), según estimaciones difundidas por la universidad.

La cifra adquiere relevancia porque es menor a los 1,500 mdp que críticos atribuyen a intervenciones de imagen urbana asociadas a la “ajolotización” y equivale a una cuarta parte de los 2,386 mdp destinados a la modernización del Tren Ligero “El Ajolote”.

La propia campaña AdoptAxolotl refleja esa asimetría. Mientras la ciudad multiplica representaciones del anfibio, parte de la conservación sigue financiándose mediante adopciones virtuales: 200 pesos para “invitarle la cena”, 600 pesos por un mes de adopción, 3,600 pesos por seis meses y 7,200 pesos por un año.

La imagen del ajolote circula en miles de millones de pesos de infraestructura y narrativa urbana; parte de su conservación inmediata todavía busca recursos en montos equivalentes al costo de una comida o una salida de fin de semana.

La explicación dominante de la extinción habla de contaminación, crecimiento urbano, especies invasoras o falta de presupuesto. Todo eso importa. Pero hay una pregunta que casi nunca aparece: ¿qué ocurre cuando todos quieren conservar algo y, al mismo tiempo, nadie tiene responsabilidad directa sobre su supervivencia?

El ajolote, una especie endémica de la CDMX, es símbolo de la identidad mexicana | Imagen: Depositphotos.com
Depositphotos.com El ajolote, una especie endémica de la CDMX, es símbolo de la identidad mexicana | Imagen: Depositphotos.com

La ilusión óptica del ajolote

La paradoja incluso alcanza la imagen del animal. El ajolote que domina murales, mercancía y campañas suele ser rosado: la variante leucística popularizada por laboratorios y acuarios.

El ajolote silvestre de Xochimilco, en cambio, presenta tonos oscuros y moteados que le permiten camuflarse entre lodo, vegetación y canales. La ciudad no solo multiplica representaciones del ajolote; muchas veces multiplica una versión que ni siquiera coincide con el organismo que intenta celebrar.

Algunos críticos consideran que esa representación selectiva genera una paradoja visual: el ajolote parece abundante porque está en todas partes, aunque el ecosistema donde evolucionó atraviesa una crisis profunda.

Los números explican la magnitud del problema. Monitoreos del Laboratorio de Restauración Ecológica de la UNAM muestran un desplome dramático de las poblaciones silvestres: de aproximadamente 6,000 ejemplares por kilómetro cuadrado en 1998, a cerca de 1,000 en 2003, 100 en 2008 y menos de 36 ejemplares por kilómetro cuadrado en 2014.

El nuevo levantamiento realizado en 2024 por investigadores de la UNAM introdujo una señal todavía más inquietante: la detección mediante ADN ambiental (eDNA) adquirió protagonismo debido a la dificultad extrema para encontrar ejemplares.

Los incentivos importan

La economía lleva décadas señalando un problema incómodo: las personas responden a incentivos. Cuando nadie captura directamente los beneficios de conservar un recurso, suelen aparecer incentivos para sobreexplotarlo, descuidarlo o administrarlo políticamente. Es el caso de la tragedia de los comunes que describió el biólogo Garrett Hardin en 1968.

Proyectos como Chinampa Refugio parten de una lógica distinta a la reproducción en cautiverio. El objetivo no es criar ajolotes en laboratorios para liberarlos después, sino restaurar las condiciones ecológicas que permitan su supervivencia en Xochimilco.

El modelo busca mejorar la calidad del agua, contener especies invasoras como carpas y tilapias y fortalecer la actividad chinampera mediante refugios biológicos conectados al sistema agrícola tradicional.

El ajolote depende de un ecosistema compartido: canales, agua, chinampas, biodiversidad y manejo territorial. Los beneficios de conservarlo se distribuyen entre todos, pero los costos recaen sobre actores específicos, particularmente los chinamperos que todavía mantienen el paisaje lacustre.

La asimetría crea un incentivo complicado. Quien invierte tiempo y recursos en conservar no necesariamente captura el beneficio completo de esa conservación, mientras que el deterioro ambiental se socializa entre toda la ciudad.

Por eso la discusión no pasa únicamente por aumentar presupuestos o multiplicar campañas públicas. También implica preguntarse quién gana, quién paga y quién tiene incentivos reales para mantener vivo el ecosistema.

La conservación ex situ ha permitido sostener poblaciones en laboratorios y centros de investigación alrededor del mundo, pero especialistas advierten que eso no sustituye la restauración del hábitat original.

El caso del ajolote podría leerse así. Todos quieren salvarlo en abstracto; pocos tienen incentivos concretos para hacerlo en la práctica. El resultado son campañas sexenales, programas dispersos y símbolos urbanos exitosos, mientras el ecosistema que sostiene a la especie continúa deteriorándose.

Los casos incómodos

Si queremos entender cómo realinear estos incentivos en beneficio de la biodiversidad, vale la pena mirar hacia el sur. Los ejemplos internacionales son incómodos porque desafían intuiciones.

La recuperación de la vicuña en Perú es uno de los casos que explicó el abogado y economista Enrique Ghersi hace casi dos décadas. Tras décadas de caza furtiva y colapso poblacional al no contar con derechos claros de propiedad, distintos esquemas permitieron a comunidades locales obtener beneficios económicos directos de la conservación y aprovechamiento regulado de la especie.

En este modelo, la vicuña dejó de ser víctima de cazadores para convertirse en el centro de alianzas entre las comunidades andinas y marcas globales de lujo, como Loro Piana. A través de estos programas, los pobladores locales reciben capacitación para realizar una esquila sustentable y cuidadosa, incorporando protocolos veterinarios y el uso de sedantes para garantizar el bienestar y reducir el estrés del animal (que le causaba infartos en la trasquila) durante la recolección de su valiosa fibra.

La lógica es simple: aquello que tiene beneficiarios identificables suele tener guardianes. Lo que pertenece a todos corre el riesgo de terminar sin responsables claros.

De aproximadamente 5,000 vicuñas en los años sesenta a más de 200,000 ejemplares décadas después.

La política ama los símbolos y desprecia el largo plazo

La política tiene incentivos distintos a los de la ecología y la economía: un mural produce fotografías, un puente pintado produce visibilidad, y un símbolo genera identidad. Restaurar canales, erradicar carpas y tilapias o esperar una década para reconstruir ecosistemas genera mucho menos rendimiento político inmediato y cero aplausos.

La paradoja de la “ajolotización” no es que existan demasiados ajolotes pintados. Es que el símbolo parece crecer al mismo ritmo en que desaparece el organismo. La ciudad logró volver omnipresente al anfibio en bardas, puentes y transporte; todavía no logra hacer lo mismo con el agua que necesita para sobrevivir.

Tal vez el reto no sea pintar menos ajolotes, sino invertir para que vuelvan a existir. Porque una ciudad puede llenar el asfalto de símbolos. Lo que no puede hacer es convencer a un ecosistema de sobrevivir mediante pintura.

Solo cuando conservar la vida silvestre genere mayores dividendos políticos que pintar puentes, el ajolote real volverá a tener futuro.

Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja únicamente la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel.

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