Estados Unidos a los 250 años: la victoria de Hamilton sobre Jefferson

Estados Unidos a los 250 años: la victoria de Hamilton sobre Jefferson

Hay una paradoja que atraviesa los 250 años de historia de Estados Unidos. El país que nació proclamando que ningún gobierno debía concentrar demasiado poder terminó construyendo el Estado más poderoso de la historia moderna. Ninguna otra nación reúne simultáneamente la mayor capacidad militar del planeta, la moneda de reserva internacional, el sistema financiero más influyente y las empresas tecnológicas que hoy moldean la economía digital.

¿Cómo una revolución contra la concentración del poder terminó produciendo una centralización de autoridad sin precedentes? La paradoja es tan antigua como la república. Estaba presente desde el momento mismo en que dos de sus fundadores, Thomas Jefferson y Alexander Hamilton, intentaban responder cómo preservar la joven nación. Aunque compartían el objetivo, sus diagnósticos eran opuestos.

Jefferson desconfiaba del poder político; sostenía que el gobierno solo era legítimo si protegía las libertades individuales, y veía con recelo la centralización en Washington. Su advertencia sigue resonando: “El progreso natural de las cosas consiste en que la libertad ceda y el gobierno gane terreno”. Hamilton, en cambio, entendía que la libertad no sobreviviría sin un Estado sólido. Sin crédito público, impuestos y un gobierno nacional fuerte, la nación corría el riesgo de fragmentarse o ser devorada por las potencias europeas.

Durante generaciones, el país pareció darle la razón a Hamilton. Cada crisis exigió nuevas capacidades y cada guerra requirió un gobierno más eficaz. Vista así, la expansión estatal no fue el resultado de una ambición desmedida, sino de una sucesión de problemas que reclamaban soluciones.

Sin embargo, el siglo XIX encendió las alarmas sobre el peligro de esta inercia. En la década de 1830, Alexis de Tocqueville advirtió que un gobierno volcado en resolver dilemas cotidianos terminaría asfixiando a la sociedad civil.

El gran quiebre estructural llegó con la Guerra Civil, anticipada por el propio Tocqueville, y que consolidó de forma irreversible la autoridad de Washington sobre los estados, en nombre de la abolición de la esclavitud. En los hechos, este hito representó un triunfo póstumo para la visión de Hamilton.

Ante este avance del centralismo, pensadores como Lord Acton, quien condenaba la esclavitud, mostraron su preocupación por el nacimiento de un poder absoluto; una inquietud que el británico inmortalizaría años después en su célebre máxima: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Acton y Tocqueville sostuvieron que las democracias rara vez pierden su libertad de golpe; la ceden gradualmente a cambio de orden y soluciones administrativas.

El gran salto hacia un poder sin límites materiales ocurrió en el siglo XX, marcando la victoria definitiva del modelo hamiltoniano. En 1913, la creación de la Reserva Federal y el impuesto sobre la renta dotaron al gobierno de una capacidad de financiamiento inédita y permanente. Tras las guerras mundiales y el New Deal, las instituciones de emergencia se volvieron definitivas. Para 1961, el presidente Dwight D. Eisenhower alertó sobre el poder concedido al complejo militar-industrial, que originalmente Hamilton soñó como indispensable para sobrevivir en el escenario global.

El excongresista republicano Ron Paul advirtió que la política monetaria moderna terminó por eliminar los diques materiales que contenían al Estado. Para el político, el siglo XX fue el siglo de la banca central moderna, pero también el de la guerra total, pues bastó con imprimir más dólares para financiar guerras en una escala inimaginable en otro tiempo.

Al permitir la financiación ilimitada de déficits a través de la Reserva Federal, la economía destrabó la expansión burocrática que Jefferson tanto temía y costeó las guerras prolongadas que convirtieron al país en el “policía del mundo”, un rol global de intervención que el propio Jefferson siempre rechazó.

Hoy el debate adopta nuevas formas: deuda pública, aranceles, inteligencia artificial o vigilancia digital. Sin embargo, el fondo remite a la misma pregunta de hace dos siglos: ¿cuánto poder necesita una sociedad para proteger su libertad sin comprometerla?

Quizá la mayor ironía de Estados Unidos sea que, intentando preservar la república de Jefferson, terminó construyendo un Estado cuya magnitud resultaría irreconocible para los propios fundadores. Dos siglos después, la advertencia de Jefferson sigue tan vigente como el desafío que Hamilton intentó resolver.

Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja únicamente la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel.

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