Megadeth: El último riff, la última nota (RESEÑA)

Megadeth ha decidido cerrar el telón con un disco homónimo que lleva el peso de cuatro décadas de thrash metal a cuestas. Publicado bajo el sello BLKIIBLK (en alianza con Frontiers), este álbum llega como un documento final: no hay promesas de regresos ni giros inesperados. Dave Mustaine lo ha dejado claro desde el anuncio en 2025: este es el último capítulo en estudio, seguido de una gira de despedida que recorrerá el mundo durante varios años. El resultado es un trabajo que funciona como un espejo retrospectivo, donde la banda repasa su propia trayectoria sin idealizarla ni esconder las grietas.

Desde los primeros riffs, el disco se siente como una continuación lógica de lo que Megadeth ha construido en los últimos años, particularmente desde Dystopia (2016) y The Sick, the Dying… and the Dead! (2022). La producción de Chris Rakestraw mantiene esa pared sonora densa y moderna que caracteriza la etapa reciente: baterías nítidas, guitarras afiladas con ganancia precisa y una mezcla que permite que cada instrumento respire sin ahogarse en el ruido. No hay experimentos radicales ni regresos forzados al sonido crudo de los ochenta; en cambio, se opta por una solidez que recuerda la madurez técnica de la banda en la era post-2004, cuando Mustaine reconstruyó el grupo tras la lesión en el brazo y los cambios constantes de alineación.

La formación actual —Mustaine en voz y guitarra rítmica, James LoMenzo de regreso en el bajo desde 2010 (y presente en etapas previas), Dirk Verbeuren en la batería desde 2016 y el debut (y despedida) de Teemu Mäntysaari en la guitarra líder— entrega un desempeño cohesionado. LoMenzo aporta líneas de bajo claras y sólidas que anclan el groove sin estorbar, mientras Verbeuren destaca por su precisión en los patrones rítmicos y por los fills que agregan dinámica sin exagerar. Mäntysaari, proveniente de Wintersun y con un background que mezcla death metal melódico y shred técnico, cumple con creces en los solos y armonías. Sus intervenciones no alcanzan la química orgánica que había con Kiko Loureiro —quien dejó la banda por asuntos familiares—, pero aportan frescura: líneas rápidas, bends expresivos y un enfoque melódico que enriquece los pasajes más agresivos. Junto a Mustaine, generan duelos de guitarra que mantienen viva la tradición de armonías gemelas y contrapuntos que definieron discos como Rust in Peace (1990) o Countdown to Extinction (1992), aunque aquí el enfoque es más directo y menos intrincado.

Musicalmente, el álbum equilibra velocidad thrash con momentos de mid-tempo y toques punk en la actitud. Hay riffs cortantes y galopantes que recuerdan la esencia de los inicios —esa mezcla de punk californiano y NWOBHM que Mustaine inyectó al género desde Killing Is My Business… and Business Is Good! (1985)—, pero también se nota la evolución hacia estructuras más maduras y menos caóticas que llegaron con Youthanasia (1994) o The System Has Failed (2004). La velocidad no es un fin en sí misma; sirve para impulsar temas que reflexionan sobre el legado, el rencor acumulado y la inevitabilidad del cierre. Letras y música se entrelazan en una narrativa autobiográfica: bajones personales, triunfos, guerras internas y una aceptación tardía de que el ciclo se completa.

Piezas como “Tipping Point” abren con urgencia, estableciendo el tono de confrontación y reflexión que recorre el disco. “Let There Be Shred” permite lucirse a las guitarras en un ejercicio técnico que honra la etiqueta de “shred” que siempre ha acompañado a Megadeth, sin caer en virtuosismo vacío. “Made to Kill” destaca por su groove implacable y su riff principal que se clava con facilidad —uno de los momentos más potentes en términos de hook y energía—. “Obey the Call” mantiene la tensión con cambios de tempo que recuerdan la complejidad rítmica de épocas pasadas. El cierre con “The Last Note” es el punto más emotivo: una balada pesada que se construye hacia un final resignado, con líneas vocales que Mustaine entrega con una vulnerabilidad poco común en su catálogo. La frase que alude a llegar, conquistar y desaparecer resume el espíritu del álbum entero.

Como bonus, la versión de “Ride the Lightning” —el tema que Mustaine co-escribió con Hetfield, Ulrich y Burton para el segundo disco de Metallica en 1984— cierra el círculo de una manera simbólica. No es una reinterpretación radical; la banda la toca con su sello actual: afinación más baja en partes, producción moderna y un enfoque más pesado, pero sin alterar la estructura esencial. Funciona como un gesto de reconciliación con el pasado, despojado del rencor que alimentó los primeros años de Megadeth. Mustaine suena más en paz, aunque la fatiga de décadas en la carretera se nota en la voz y en el ritmo general del disco.

No todo es perfecto. Faltan esos ganchos instantáneos que marcaron hits como “Symphony of Destruction” o “Sweating Bullets”; aquí prevalece la consistencia sobre la explosión de singles. El álbum no reinventa el thrash ni busca sorprender; más bien, consolida lo que Megadeth ha sido: una banda que sobrevivió expulsiones, adicciones, disputas legales, lesiones y cambios de formación, siempre con Mustaine como eje inquebrantable.

Al final, Megadeth invita a pensar en la longevidad del metal. No es un disco de despedida lacrimógeno ni un regreso glorioso; es un testimonio honesto de una carrera con altibajos, virtuosismo y resistencia. La banda suena cansada, sí, pero también auténtica. Y en ese cansancio hay dignidad. Para quienes han seguido el camino desde los clubes de Los Ángeles hasta los estadios, este álbum es un cierre digno: no el más brillante, pero sí el más fiel a lo que Megadeth siempre representó. Gracias por la música, y que la gira sea tan intensa como el legado que dejan.

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