Las 5 canciones más salvajes de Judas Priest

En algún rincón oscuro de Birmingham, Inglaterra, a finales de los años 60, un grupo de obreros con guitarras y sueños afilados comenzó a moldear un sonido que décadas después seguiría resonando como un martillo contra el yunque. Judas Priest no solo ayudó a construir los cimientos del heavy metal, sino que también supo cómo prenderle fuego y dejar que las llamas alcanzaran alturas imposibles. Entre su vasto catálogo, hay canciones que no solo pisan el acelerador, sino que lo arrancan del suelo y lo lanzan contra el horizonte a una velocidad que desafía cualquier intento de contención.

Hablar de lo más salvaje de Judas Priest no es solo cuestión de gustos personales o nostalgias baratas; es reconocer esos momentos en que la banda se desató por completo, soltando cortes que son pura gasolina sobre un incendio ya descontrolado. Estas cinco canciones —rápidas, feroces, capaces de llevar a cualquiera al borde de la locura— no son solo demostraciones de fuerza bruta. Son pruebas de cómo el Priest supo combinar precisión quirúrgica con una energía que parece escaparse de las manos, como un motor que ruge sin frenos por una carretera infinita.

1. «Painkiller» (Painkiller, 1990)

Cuando Scott Travis se sentó detrás de la batería por primera vez con Judas Priest, el resultado fue como si alguien hubiera arrojado un bidón de combustible a una fogata a punto de apagarse. «Painkiller» abre el disco homónimo con un redoble que suena a metralla, seguido por riffs que cortan como navajas y la voz de Rob Halford alcanzando notas que parecen venir de otro planeta. No es solo la velocidad lo que la hace salvaje; es cómo cada instrumento se lanza al vacío sin red de seguridad, creando un torbellino que no te suelta hasta el último segundo. La canción llegó en un momento en que el metal necesitaba un recordatorio de su propia ferocidad, y Judas Priest lo entregó con creces.

2. «Exciter» (Stained Class, 1978)

Retrocedamos a finales de los 70, cuando el punk todavía estaba escupiendo en las calles y el metal buscaba su lugar. «Exciter» aparece como un puñetazo en la cara, con un ritmo que no pide permiso y una actitud que prácticamente inventó el camino para el speed metal. Aquí no hay pausas para respirar ni cortes comerciales; es una carrera directa hacia el caos, con las guitarras de K.K. Downing y Glenn Tipton tejiendo líneas que suenan como si estuvieran compitiendo entre sí. La elección de esta canción viene de su lugar en la historia: fue una de las primeras en mostrar que Judas Priest podía acelerar el pulso del género sin perder el control.

3. «Freewheel Burning» (Defenders of the Faith, 1984)

Si alguna vez quisiste saber cómo suena una motosierra atravesando acero a 200 kilómetros por hora, esta canción te lo explica sin palabras. «Freewheel Burning» toma el sonido clásico del Priest y lo lanza por un precipicio, con un riff inicial que parece girar sin fin y una interpretación vocal que convierte cada verso en un grito de guerra. La batería de Dave Holland mantiene el motor rugiendo, mientras las guitarras dibujan curvas peligrosas que te arrastran sin remedio. Está en esta lista porque encapsula esa época en que la banda perfeccionó su fórmula y la llevó al límite, justo antes de que el metal comercial empezara a suavizar las cosas.

4. «Hell Patrol» (Painkiller, 1990)

De nuevo en el terreno de Painkiller, «Hell Patrol» merece su lugar por cómo equilibra la velocidad con una atmósfera que te hace sentir como si estuvieras corriendo entre sombras. No es tan obvia como su hermana mayor «Painkiller», pero esa es su fortaleza: te atrapa con un ritmo que no afloja y solos que cortan el aire como relámpagos. La elección aquí se basa en su capacidad para mantener la intensidad del álbum sin repetirse, ofreciendo un viaje que se siente como una misión suicida en un paisaje infernal. Es Judas Priest en su punto más desatado, pero con un control que solo ellos podían manejar.

5. «Rapid Fire» (British Steel, 1980)

El título no miente. «Rapid Fire» es un asalto directo, una ráfaga de metralla que abre British Steel con la promesa de no dar tregua. Las guitarras suenan como si estuvieran disparando en ráfagas cortas, mientras la sección rítmica marca un paso que no te deja parar. Halford canta como si estuviera dando órdenes en una batalla, y cada nota lleva el peso de una banda que sabía exactamente lo que quería: golpear rápido y fuerte. Está aquí porque representa el momento en que Judas Priest destiló su sonido en algo puro y letal, un preludio a los excesos que vendrían después.

Estas cinco canciones no son solo lo más salvaje de Judas Priest por su velocidad o su volumen; lo son porque capturan a la banda en instantes donde no había límites, donde el metal se convertía en un arma que ellos blandían sin miedo. Escucharlas es como subirse a una máquina que no tiene botón de apagado, y esa es la esencia de lo que los hace eternos en el panteón del género. Si no las has puesto a prueba lately, ahora es el momento de dejar que te arrastren.