Las 4 cosas más únicas de Linux… que también son sus principales debilidades

Hablar de Linux y de sistemas de escritorio es hablar de muchos aspectos positivos. Empezando por la libertad, seguridad y gratuidad. De hecho, hay distros para todos los gustos, y su comunidad es realmente sabia con respecto a cualquier problema que surja. Todo ello es cierto, pero también tiene aspectos que pueden ser delicados para el usuario medio…

Si lo anterior es cierto, también lo es que las versiones de escritorio de Linux sigue careciendo de esa cuota de mercado de que disponen macOS o Windows. Y tal vez todo esto esté relacionado con sus principales ventajas -que en manos inadecuadas, también pueden ser problemas-. Un caso en que, curiosamente, las mayores fortalezas de este ecosistema también son sus principales debilidades.

Y comenzando por una de las más reconocidas, la libertad total también implica que hemos de tener el conocimiento y la responsabilidad de no experimentar con nuestro PC como si fuera un juguete. Este es solo uno de los 4 principales pilares en los que se basa -y que se tambalean- este paradójico sistema operativo.

Libertad y control

Una de las grandes virtudes de Linux es que no estamos atados al diseño que decida crear una sola empresa. Por lo que podemos cambiar de escritorio, de gestor de ventanas, de servidor gráfico, de kernel… entre otros. Esto nos permite adaptar el sistema operativo precisamente a lo que mejor se adapte a nuestra forma de trabajar. Algo imposible de encontrar si buscamos en Windows o el sistema de la manzana.

Pero esto no está libre de contraparte. Este control absoluto nos da manga ancha también para que cualquier error rompa el sistema fácilmente. Si mezclamos repositorios, instalamos paquetes erróneos o tocamos configuraciones relativas al kernel, las consecuencias pueden abarcar desde un error crítico en el escritorio… o que directamente no arranque nuestro PC.  Algo que puede ser el enemigo de quien no se quiere complicar y solo quiere un sistema estable.

Variedad de distros y escritorios

Linux presume de uno de sus mejores apartados: la variedad de distros. Tenemos Ubuntu, Linux Mint, Zorin, Fedora… para todos los gustos. Incluso se adaptan a quienes llegan desde Windows. Pero también hay distros para quienes quieren un control extremo. A ello, también tenemos la libertad para escoger entre escritorios tan distintos como GNOME, KDE, Plasma, Xfce, Cinnamon o Hyprland.

Pero esta misma cantidad de posibilidades es lo que puede abrumar a muchos recién llegados. Y es que elegir un escritorio que no se ajuste a lo que queremos puede llegar a frustrarnos rápidamente. Una consecuencia habitual en estas situaciones es la conocida «distro-hopping». Es decir, que los usuarios salten de una distro a otra probando distintas versiones sin terminar de asentarse. Una práctica que a la larga nos puede devolver a Windows o macOS de un plumazo.

Comunidad y open source

Que Linux sea software libre y comunitario es precisamente lo que ha permitido crear una diversidad de distros de calidad, así como escritorios y herramientas. Incluso la libertad para crear versiones distintas de una misma distro es una herramienta de flexibilidad fantástica.

Pero esa misma facilidad de crear «nuestra propia distro» ha llevado a una fragmentación que puede ser caótica para quienes no estén especializados. De hecho, existe cierta saturación entre distros que buscan un mismo objetivo, y también hay duplicidades entre formatos de paquetes que compiten entre sí, como Flatpak, Snap o AppImage. De hecho, muchos usuarios señalan esta razón como una de las claves por las que Linux no termina de despegar, a pesar de ser un producto con excelente calidad técnica.

Curva de aprendizaje

Aprender Linux no consta solo de cambiar de sistema. Es adoptar «otra manera de pensar». Es maravilloso que un usuario pueda aprender a gestionar paquetes, permisos, servicios o escritorios. Y la recompensa es una inmensa sensación de control, rendimiento y gran transparencia.

Pero esta misma formación es la que supone que muchas personas queden por el camino. La curva de aprendizaje de Linux se ilustra con el conocido gráfico de Dunning-Kruger: un pico inicial de confianza, seguido de una pérdida de la misma -o «valle de la desesperación»- cuando no encontramos la maestría que necesitamos. Algunos usuarios son más resilientes y aprenden de la experiencia, pero también es de recibo decir que otros vuelven a Windows o macOS convencidos de que no están listos para Linux.