
La autocustodia ya no es sólo soberanía: implica asumir nuevos riesgos y responsabilidades en la gestión de activos digitales.
La narrativa fundacional de las criptomonedas se construyó sobre una promesa clara: propiedad soberana. Es decir, la posibilidad de poseer activos digitales sin depender de bancos, gobiernos o intermediarios. Sin embargo, como señala el reporte “El futuro de la autocustodia: convirtiendo la propiedad en seguridad” de Cointelegraph Research, esta promesa ha sido puesta a prueba por la realidad del mercado.
Durante años, gran parte de los usuarios optó por delegar la custodia de sus activos en exchanges centralizados. Esa decisión, aunque conveniente, creó un nuevo punto de falla. Casos como FTX, con un agujero de USD 8.000 millones, o Mt. Gox, que perdió cerca de 850.000 BTC, evidenciaron que el riesgo no desaparece, sino que se concentra.
Este contexto provocó un giro estructural en el comportamiento de los inversionistas. Según el informe, el 45% de los encuestados confía “mucho menos” en exchanges que hace unos años, mientras que un 20% confía “un poco menos”. La autocustodia dejó de ser una opción ideológica para convertirse en una respuesta práctica al riesgo.
