El punk en España no llegó con manual de instrucciones ni con un mapa trazado desde Londres o Nueva York. Se gestó en los bordes, en barrios donde el cemento olía a sudor y gasolina, y donde las guitarras cortaban como navajas mal afiladas. En ese caos de finales de los 70, mientras el país se desperezaba de una dictadura que aún pesaba en los huesos, un tipo de Cornellà de Llobregat, Barcelona, agarró el micro y decidió que el punk no era solo ruido: era un grito con dirección. Ese tipo era Miguel Ángel Sánchez Tenedor, más conocido como Morfi Grei, y si alguien se ha ganado el trono del punk español, es él. No por postureo ni por medallas póstumas, sino porque su vida y su música fueron un puñetazo directo al mentón de una escena que apenas estaba aprendiendo a caminar.
Hablar de Morfi Grei es meterse en la trastienda del punk ibérico, donde no había focos ni alfombras rojas, solo cables pelados y amplis que zumbaban como avispas cabreadas. En 1976, antes de que el punk se convirtiera en moda o en camiseta de centro comercial, él ya estaba armando La Banda Trapera del Río con Modesto Agriarte “Tío Modes” y Juan “Raf” Pulido. Venían del barrio de Sant Ildefons, una zona obrera conocida como Ciudad Satélite, y desde ahí escupieron canciones como “Ciutat podrida”. Ese tema, cantado en catalán, no solo pateó el tablero del rock español: también metió la lengua catalana en el punk cuando nadie lo veía venir. No era un gesto político calculado, sino una necesidad cruda de hablar como se vivía.
La Banda Trapera del Río no inventó el punk español en solitario —Kaka de Luxe y Ramoncín también estaban dando guerra por entonces—, pero sí le dieron una cara distinta, una que no necesitaba maquillaje ni poses de revista. Su primer sencillo llegó en 1978, y el LP debut en 1979, justo cuando el país empezaba a oler a democracia y a heroína barata. Las letras de Morfi no eran poesía de salón: hablaban de calles podridas, de la regla, de la vida que se te clava en las costillas. “La regla”, por ejemplo, no era un himno para las masas, sino un corte que rompía tabúes sin pedir permiso, algo que en esos años sonaba a provocación pura.
El grupo se deshizo en 1982, pero Morfi no se quedó quieto. Se lanzó con proyectos como Zona Grei, Vox Animal o Electroputas, y hasta se subió a un escenario teatral con Memorias de un yonkie en 2015. Cada paso suyo era un giro inesperado, como si el punk no fuera un género, sino un modo de respirar. En 2012, el ayuntamiento de Cornellà le dio un empujón para publicar Letras pétreas, un libro que presentó con un concierto en Luz de Gas, Barcelona, demostrando que su voz seguía cortando igual que siempre. Y así fue hasta que su cuerpo dijo basta el 4 de enero de 2024, a los 64 años, tras complicaciones de un trasplante de hígado que no pudo con una vida marcada por el desgaste, el trastorno bipolar y un historial médico que parecía sacado de un parte de guerra.
¿Por qué Morfi Grei y no otro? La Polla Records, con Evaristo Páramos al frente, llenó más salas y grabó discos que todavía resuenan en cualquier bar con altavoces decentes. Siniestro Total trajo el humor negro desde Vigo, y Eskorbuto le puso vísceras al rock radical vasco. Pero Morfi tiene algo que ninguno de ellos reclamó: el título de “Rey del punk”, avalado por un documental de 2013, Morfi Grei. El Rey del Punk de España, producido con Munster Records. No es solo una etiqueta bonita; es el reconocimiento a alguien que llegó primero y que no se molestó en seguir las reglas de nadie. Mientras otros pulían su sonido o buscaban un mensaje, él ya estaba viviendo el punk como si fuera una condena que aceptaba con una sonrisa torcida.
Su historia no es de manual. Se metió en las drogas por mitomanía, se rehabilitó en 1986 tras dos años duros, y cargó con problemas de salud que lo llevaron de quirófano en quirófano. Pero entre todo eso, dejó un rastro que conecta el punk primigenio con lo que vino después. Loquillo y Johnny Cifuentes, tipos que saben de qué va esto, lo señalaron como un eslabón clave del rock radical vasco, aunque él nunca pisó el País Vasco para escribir sus canciones. Y ahí está el detalle: Morfi no necesitó moverse de su terreno para que su eco llegara lejos.
Hoy, con el punk español convertido en un recuerdo que sigue sonando en playlists y garitos, Morfi Grei se mantiene como el tipo que lo vio nacer y lo empujó a gatear. No hay coronas ni ceremonias, solo hechos: fundó una banda que marcó el kilómetro cero, escribió temas que no se doblegaron y vivió como si cada día fuera un concierto sin bis. Eso, en un país donde el punk tuvo que pelear por cada metro cuadrado, lo pone en el trono. Punto.