Entre el infierno y la elegancia: Rotting Christ, Imperial Triumphan y Area 51 desatan la locura en México (Crónica + Fotos)

Fotografías: Johanna Malcher

La noche del sábado 22 de febrero de 2025, el Pabellón del Palacio de los Deportes en la Ciudad de México se convirtió en el epicentro de una ceremonia sónica brutal e intransigente. A unos metros, en el domo del Palacio de los Deportes, las luces neón y los acordes pegajosos de Miranda! contrastaban con la penumbra ritualista del metal extremo. Entre los vendedores de mercancía, el rosa y el negro se entremezclaban de manera insólita: camisetas de la banda argentina de pop compartían espacio con las de Rotting Christ e Imperial Triumphant, como si la ironía del destino se deleitara en la dicotomía del espectáculo.

La jornada comenzó con Area 51, una agrupación estadounidense de death metal melódico que encendió el Pabellón del Palacio de los Deportes, con una asistencia que, a esa hora, ya estaba casi a la mitad de lo acondicionado esa noche. La banda, en plena ejecución de su aplastante repertorio, recibió en el escenario a Diego Tejeda, tecladista de Haken, quien añadió un matiz progresivo a la catarsis de riffs y blast beats. El vocalista, con un español entrecortado pero honesto, agradeció al público: “Espero que puedas entender mi español porque sólo tengo pocos años intentando aprender su idioma…”. La conexión con la audiencia fue inmediata y, entre gritos y puños en alto, la banda desplegó su arsenal hasta llegar a «Propaganda», la pieza que marcó el clímax de su set. Con su último aliento, dejaron un escenario cargado de electricidad, presagio de lo que vendría después.

La maestría neoyorquina

A las 9:05, Imperial Triumphant emergió como espectros de otro mundo. Tres figuras enmascaradas, envueltas en túnicas doradas y sombras inquietantes, se posicionaron ante una audiencia expectante. El metal disonante de la banda neoyorquina no es sólo música; es un manifiesto sonoro de caos y sofisticación. La luz ámbar, azul y blanca danzaba sobre sus rostros cubiertos mientras «Goldstar» inauguraba un aquelarre de técnica inhumana. Sin pronunciar palabra, el bajista, con un aura de supremacía artística, destapó una botella de champagne y la lanzó a la multitud, como un rito de iniciación a la bacanal del sonido.

La ejecución de “Eye of Mars” y “Devs est Machina” arrastró a los espectadores por una espiral de jazz vanguardista fusionado con el peso del metal extremo. La opresión sonora de “Hotel Sphinx” y el frenesí instrumental de “Lexington Delirium” dejaban claro que la agrupación no pertenecía a esta realidad, sino a una dimensión donde el jazz, el avant-garde y la brutalidad se amalgaman sin límites. El punto álgido llegó con “Chernobyl Blues”, una oda apocalíptica que reflejó el alma de la banda: una devastación elegante, un armagedón orquestado con precisión quirúrgica. En ese instante, entre el público, el guitarrista de Area 51 miraba absorto, incapaz de resistir el impulso de capturar el momento con su teléfono, como si temiera olvidar la majestuosidad del espectáculo.

Emergió el Hades

A las 10:30, la penumbra reinó sobre el recinto. Tras unos minutos de silencio tenso, Rotting Christ emergió como los titanes que son. Los griegos, pioneros de un black metal que ha trascendido lo convencional, recibieron a su audiencia con cánticos gregorianos que resonaban entre las estructuras del Pabellón. Luces verticales amarillas marcaron la escena mientras arrancaba “Aealo”, y con ello, la histeria colectiva.

“Buenas tardes, México”, gritó Sakis Tolis, desatando una ovación ensordecedora. El black metal de Rotting Christ no necesita corpse paint ni estridencias escénicas; su presencia misma es un himno a la oscuridad. La audiencia respondió con energía visceral mientras “Demonon Vrosis” y “Kata Ton Daimona Eaytoy” mantenían el frenesí. Entre los asistentes, los miembros de Area 51 observaban con incredulidad el desenfreno de la multitud, absortos en la potencia de los helénicos.

El momento cumbre llegó con “Non Serviam”. Las luces rojas ardieron sobre la audiencia, reflejando la intensidad de un moshpit que se expandía como una tormenta. “¡Todos Ciudad de México, Non Serviam!”, clamó Sakis, provocando una estampida en el corazón del recinto. La devoción del público no tenía límites, y entre la multitud, una máscara de luchador ocultaba la identidad de un integrante de Imperial Triumphant, quien, incapaz de resistir la fiebre del momento, se lanzó al círculo de destrucción, formando parte del ritual sin reservas.

El concierto continuó con “Societas Satanas”, un homenaje a Thou Art Lord, seguido de “In Yumen-Xibalba” y “Grandis Spiritus Diavolos”, antes de que “The Raven” dejara caer un velo de oscuridad final sobre la audiencia. Para el encore, “Noctis Era” cerró con broche de oro una velada que quedará impresa en la memoria de todos los presentes.

Mientras el estruendo de la última nota se disipaba en el aire, la audiencia permaneció un instante en silencio, como si la realidad tardara en regresar. Afuera, los puestos de mercancía seguían ofreciendo camisetas de Miranda! y Rotting Christ, testigos de una noche donde lo sublime y lo profano compartieron el mismo cielo de la Ciudad de México. Pero dentro del Pabellón, los ecos de la brutalidad aún vibraban en el aire, recordando a todos que, aunque la noche había terminado, el metal es eterno.