
Análisis sobre cómo las monedas estables optimizan las remesas en México, desafiando costos y modelos tradicionales.
El flujo migratorio y económico entre México y Estados Unidos constituye uno de los corredores financieros más activos y significativos del planeta. Esta relación no solo se define por la proximidad geográfica, sino por una interdependencia que ha convertido a las remesas en la columna vertebral de millones de hogares mexicanos. Históricamente, el envío de dinero ha dependido de infraestructuras bancarias tradicionales y agencias de transferencia que, si bien han cumplido su función, operan bajo esquemas de costos elevados y tiempos de procesamiento lentos. En este escenario, la tecnología de activos digitales, específicamente las monedas estables o stablecoins, ha comenzado a trazar una ruta alternativa que promete eficiencia y una redistribución del valor en favor de quienes envían y reciben estos fondos.
Para comprender el impacto de las stablecoins, es necesario analizar la naturaleza paradójica de las remesas en el contexto mexicano. Por una parte, representan el ingreso de divisas más importante para la nación, superando sectores estratégicos como la exportación petrolera o la industria turística.
Sin embargo, este flujo constante es también el reflejo de una carencia estructural en el mercado laboral local, que obliga a una parte considerable de la población a buscar sustento fuera de sus fronteras. Esta dualidad genera una economía que depende del consumo interno impulsado por capital extranjero, creando una estabilidad macroeconómica que, irónicamente, se sustenta en la fragmentación familiar y el distanciamiento social.
