
El Banco de México (Banxico) redujo en 25 puntos base su tasa de referencia para ubicarla en 6.75%, en una decisión que se da en medio de un repunte de la inflación en la primera quincena de marzo y un entorno global marcado por incertidumbre geopolítica. La expectativa del mercado era que las tasas se mantuvieran sin cambios, en línea con la Reserva Federal estadounidense, que la semana pasada tomó esta decisión argumentando que los efectos de la guerra en Irán aún son “inciertos”.
La decisión no fue unánime: Rodríguez Ceja, Cuadra García y Mejía Castelazo votaron a favor del recorte, mientras que Borja Gómez y Heath optaron por mantener la tasa en 7.00%,
Banxico justificó el recorte al señalar que la debilidad de la actividad económica, el nivel del tipo de cambio y el grado de restricción monetaria actual permiten continuar con el ciclo de bajas, aun cuando el entorno inflacionario presenta presiones.
Parece que el elemento clave para “justificar” el recorte, es que el conflicto y el entorno de incertidumbre implica riesgos a la baja para la actividad económica, que además, inició el año con debilidad. Pareciera que ya lo tenían decidido”,
comentó Gabriela Siller, Directora de Análisis en Banco Base, a través de su cuenta en X.
Hacia adelante, Banxico dejó abierta la puerta a nuevos recortes, condicionados a la evolución del entorno macroeconómico y financiero, con el objetivo de que la inflación converja a la meta de 3% en el segundo trimestre de 2027.
Aún así, el banco central incrementó marginalmente sus expectativas de inflación general y subyacente durante los primeros tres trimestres del 2026.
La decisión sorprendió al tipo de cambio, llevando al peso mexicano a depreciarse 0.92% frente al dólar, hasta 17.93 pesos por billete verde, según datos de MarketWatch.
Si el conflicto escala, los precios de energía suben más, el peso se deprecia más, el escenario de inflación podría volverse más problemático y el banco tendría que pausar o incluso revertir”,
destacó el equipo de analistas de Fintual en un comunicado remitido a este medio.
Banxico argumenta que la inflación subyacente no ha cambiado
El balance de riesgos para la inflación mantiene un sesgo al alza, con factores como conflictos geopolíticos, presiones de costos, depreciación del peso y disrupciones comerciales.
Entre la primera quincena de enero y la primera de marzo, la inflación general subió de 3.77% a 4.63%, impulsada por el componente no subyacente. La inflación se ubica así fuera el rango objetivo del banco central, que es de un punto porcentual por debajo o por encima del 3% anual.
En contraste, la inflación subyacente, que excluye a energéticos y productos del campo, se mantuvo prácticamente sin cambio, al pasar de 4.47% a 4.46%. Este indicador sirve al banco central a trazar una expectativa sobre la inflación a corto plazo. Sin embargo, esta lectura también se ubica fuera de rango.
La inflación no subyacente, que mide el desempeño de productos volátiles, como la gasolina y las verduras, repuntó 1.9% quincenal y 5.18% anual la primera quincena de marzo. Este indicador, menos sensible a la política monetaria, es motivo de preocupación en el mundo mientras suben los precios del petróleo.
En el entorno externo, la economía global muestra una expansión moderada, mientras que en Estados Unidos las tasas de interés gubernamentales registran aumentos y el dólar se fortalece. La Reserva Federal mantuvo sin cambios su tasa, en un contexto de volatilidad por el conflicto en Medio Oriente, que mantiene los precios del petróleo cerca de 100 dólares.
En México, la actividad económica muestra una marcada debilidad a inicios de 2026, lo que influyó en la decisión de política monetaria.
La Junta de Gobierno consideró que la postura monetaria alcanzada será suficiente para enfrentar escenarios adversos, incluyendo una posible prolongación del conflicto en Medio Oriente.
¿Por qué el recorte genera preocupación en este contexto?
El ajuste de Banxico introduce una tensión clara entre dos objetivos: estimular una economía débil y contener una inflación que ya repunta.
Cuando el banco central baja la tasa, abarata el crédito y aumenta la liquidez en la economía. En condiciones normales, esto busca reactivar el consumo y la inversión. Por ejemplo, los hogares y empresas pueden tomar más deuda, y los inversionistas rotan de bonos, como Cetes y deuda, a opciones de riesgo, como acciones.
Sin embargo, hoy ese estímulo coincide con un entorno donde los precios ya enfrentan presiones externas relevantes, particularmente por el encarecimiento de energéticos.
Con el petróleo cerca de 100 dólares por barril, los costos de transporte, producción y logística tienden a subir y se trasladan al consumidor. Este es un choque de oferta que la política monetaria no controla directamente. Si, al mismo tiempo, se abarata el crédito, el resultado puede ser una combinación de más dinero circulando y precios al alza, lo que complica el proceso de desinflación.
En términos técnicos, esto implica el riesgo de una política procíclica respecto a la inflación. En lugar de enfriar la demanda para compensar el encarecimiento de insumos, la decisión puede amplificar las presiones existentes.
Además, el propio banco central reconoce que el balance de riesgos para la inflación tiene sesgo al alza, que las expectativas aumentaron y que el entorno externo sigue siendo incierto. Bajo esas condiciones, el recorte envía una señal que el mercado puede interpretar como prioridad al crecimiento sobre la estabilidad de precios.
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