En la televisión sonaba “Shout”, de Tears for Fears, cuando de repente comenzó la réplica del terremoto del 1985 en la Ciudad de México. El programa en cuestión se llamaba Video rock y la inconsciencia adolescente nos mantuvo alejados del desastre que tenía lugar y que dejaría en ruinas al todavía llamado Distrito Federal. ¡Vaya forma de recordar un álbum que hoy cumple 40 años! Aquel que tiene en la portada los rostros de Curt Smith y Roland Orzabal en un potente blanco y negro.
Siguiendo la teoría de Simon Reynolds al establecer los años de 1978-1984 como el parámetro histórico donde se encuentra el llamado post-punk, que para nosotros sería el new wave, Songs from the big chair (1985), del dúo inglés, refleja el último atisbo de aquel movimiento musical que alberga géneros como el tecno-pop, el dark y el power pop, entre otros. El ombligo de la década de los ochenta ya iba anunciando el cambio de dirección de los new wavers hacia otros parajes sonoros, en muchos de los casos, una vuelta a las raíces de los años 60 y los 70, donde para varios se hacía rock de verdad, sin artilugios sintéticos ni programaciones.
Smith y Orzabal lograron hilvanar una serie de sencillos que habían sido lanzados desde 1984, pero que se agruparon en forma de álbum hasta 1985 (ya ven que esto de lanzar singles antes del álbum no es tan nuevo). La apocalíptica “Mothers talk”, que habla de la paranoia de la guerra nuclear, inicia el recorrido que será seguido por “Shout” y su mantra de sacarlo todo y no quedarse con nada, hasta llegar a la ahora tiktokera “Everybody wants to rule the world”, rimando sobre el mismo tema de la Guerra Fría pero ahora en clave soft rock, para continuar con la romántica “Head over heels”, porque aunque el mundo esté a punto de volar en mil pedazos, siempre habrá tiempo para enamorarse y sentirse de cabeza por alguien más. Termina la serie de hits “I believe”, balada con acompañamiento de piano que ya establecía lo que vendría después, con The seeds of love (1989)
Songs from the big chair fue el último grito del new wave, donde los abrigos hasta los tobillos se llevan bien con el mullet, mientras el cabello con gel y flequito nos hacían sentir modernos. Los sintetizadores le dan chance a las guitarras eléctricas y nos quitamos las máscaras sin miedo a la falsa modestia. Nos sinceramos al decir que todos quieren gobernar al mundo. Aunque sea a través de los videoclips.
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