El Apple Newton MessagePad llegó a las tiendas en 1993 prometiendo reinventar la informática personal, pero terminó siendo un fracaso comercial absoluto. Planteamos aquí un escenario contrafactual: qué habría pasado si aquella PDA hubiera triunfado en lugar de hundirse. El resultado más llamativo es que el iPad, tal y como lo conocemos, podría haber llegado casi dos décadas antes de lo que ocurrió en la realidad.
Basta mirar el calendario para hacerse una idea de la magnitud del cambio. El Newton salió en 1993 y el iPad no llegó hasta 2010, así que hablamos de casi dos décadas de diferencia entre ambos dispositivos. Si el Newton hubiera cumplido las expectativas puestas en él y se hubiera vendido a gran escala durante los noventa, la categoría de asistente personal digital no habría desaparecido casi al nacer: habría evolucionado hacia el formato tableta mucho antes de que la tecnología de pantallas capacitivas estuviera lista para el gran público.
El chip ARM que ya llevaba dentro sin que nadie se enterase
El dato más llamativo de todo esto es que el Newton ya montaba un procesador de arquitectura ARM, la misma familia de chips de bajo consumo que hoy impulsa los iPhone y los iPad. Esta arquitectura tardó años en popularizarse entre el gran público hasta que Apple la recuperó para sus dispositivos móviles más adelante. Si el Newton hubiera vendido millones de unidades a mediados de los noventa, esa misma arquitectura podría haber dominado el mercado de consumo una década antes, desplazando a Intel y a la arquitectura x86 en el sector portátil mucho antes de que existieran los ultrabooks.
Esto habría tenido una consecuencia directa sobre la autonomía y el propio formato de los dispositivos. Con una industria volcada en optimizar chips para PDAs de éxito desde mediados de los noventa, la barrera de la batería que limitó a los primeros tablets y teléfonos inteligentes se habría roto antes de tiempo. No sería descabellado pensar en dispositivos con pantalla a color y alguna forma primitiva de conectividad inalámbrica ya antes del cambio de siglo, empujados por una necesidad real de mercado y no solo por experimentos de laboratorio.
¿Dedos o stylus? La interfaz que pudo cambiarlo todo
El gran pecado original del Newton fue confiar en el stylus sobre una pantalla táctil que exigía calibración y cierta presión para funcionar bien. Si el dispositivo hubiera triunfado, es probable que la industria hubiera perfeccionado la interacción con lápiz óptico en lugar de saltar directamente al control multitáctil con los dedos que popularizó el iPhone. En ese caso, la interfaz de iOS, o del sistema que lo hubiera precedido, podría haber seguido pensada para la precisión de un puntero, en vez de para el dedo.

Esto habría cambiado también el diseño del software. La interfaz de Newton OS, con sus tarjetas y objetos que se arrastraban con el stylus, estaba muy orientada a la productividad de oficina. Un iPad nacido en los noventa habría sido, sobre todo, una herramienta para tomar notas y organizar la agenda, no el dispositivo de consumo multimedia que conocemos hoy. La App Store, tal y como la conocemos, quizá no habría tenido ni sentido si el software se hubiera seguido vendiendo en cajas físicas para estos «Newton Pad», como ocurrió con las Palm Pilot durante años.
La telefonía que se adelantó y los netbooks que nunca llegaron
Si la tableta personal hubiera funcionado en los noventa, la convergencia con la telefonía móvil habría llegado de forma natural hacia el año 2000. En lugar de los teclados QWERTY físicos de BlackBerry o Nokia, habríamos visto «Newton Phones» con pantalla táctil y un sistema operativo ya maduro para gestionar datos. Los netbooks, esos portátiles pequeños y baratos que tuvieron su momento años más tarde, probablemente nunca habrían existido, porque la tableta habría cubierto ese hueco de movilidad y consumo web mucho antes.