Desde el departamento de crossovers imposibles nos llega Chess Hold’em, una combinación entre la popular variante «Sin límite de Texas» del póker y el ajedrez de toda la vida. Es como un juego de doble estrategia… ¡Ahí es nada!
En lugar de empezar una partida de ajedrez convencional, los jugadores reciben piezas progresivamente en varias rondas, como las cartas secretas y comunes que se desvelan en el póker. En la configuración hay dos rondas de peones y dos rondas de piezas mayores, aunque se pueden preparar otras variantes.
Lo interesante es que se puede apostar después de recibir cada pieza, o bien cada 11 movimientos (también hay cronómetros para el tiempo) creando una dinámica más cercana a una mano de póker que a una partida de ajedrez tradicional. Existe incluso una modalidad sin damas, pensada para reducir el factor suerte y favorecer las tablas.
La versión que se ofrece por defecto es muy jugable y fácil de entender, si sabes jugar al ajedrez y has jugado alguna vez al póker Sin límite de Texas. Las opciones son: subir, ver, abandonar o incluso ofrecer tablas. Si los peones comienzan muy atrasados, mal asunto; si te quedas sin piezas rápidamente, mejor abandonar; si ves torres o la dama bien posicionada, qué menos que subir la apuesta.
Para mi que es más importante la parte de saber jugar blitz (rápidas) en ajedrez que la de las apuestas a lo Rounders (gran película, por cierto). Pero vamos, no he conseguido salir victorioso todavía, y eso que en la configuración al motor de ajedrez contra el que se juega lo dejé al nivel más bajo. A seguir practicando, me parece.
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