Durante semanas, el mercado del petróleo ha resistido mejor de lo esperado al inicio de la crisis entre Irán y Estados Unidos. Los precios han subido (sobre todo, lo hemos notado en el alza del diésel y la gasolina), pero sin el colapso inmediato que suele acompañar a un shock en Oriente Próximo.
Sin embargo, la explicación no debe buscarse en la fortaleza del sistema energético global, sino en algo más simple: había un colchón. Esa es la buena noticia. La mala es que ese colchón se está agotando.
Petróleo que flota
Ese colchón es el almacenamiento flotante: millones de barriles acumulados en petroleros en el mar, muchos de ellos procedentes de crudo sancionado ruso e iraní o de cargamentos sin destino claro.
Durante meses, esa bolsa fue creciendo hasta niveles cercanos a los 140 millones de barriles, en buena parte por sanciones, menor demanda china y distorsiones comerciales.
Ese “stock” del que hablamos tenía un problema desde el principio: no era un excedente limpio y disponible, sino petróleo atrapado en un sistema con fricciones políticas, financieras y logísticas. Buena parte de este crudo estaba en tránsito, comprometido o sujeto a restricciones, y solo una fracción podía liberarse rápidamente.
Aun así, ha sido suficiente para algo clave: comprar tiempo. Desde el inicio del conflicto, el mercado ha tirado de ese petróleo almacenado a un ritmo muy elevado, con descensos cercanos a 1,8 millones de barriles diarios. Como consecuencia, en pocas semanas, el “colchón” se ha reducido prácticamente a la mitad.
Y eso cambia completamente el escenario. Porque lo que parecía resiliencia era, en realidad, consumo de reservas.
El problema de mover petróleo
El verdadero cuello de botella no está en la cantidad de crudo disponible, sino en la capacidad de transportarlo. El estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca del 20 % del petróleo y gas mundial, sigue siendo el gran punto crítico del sistema energético global.
Con esa vía prácticamente bloqueada durante semanas, el impacto no es solo una caída de oferta, sino la ruptura del sistema logístico global. Para hacernos una idea, el transporte ha caído alrededor de 12 millones de barriles diarios (más del 10 % de la demanda mundial).
Algunos países han intentado desviar exportaciones. Arabia Saudí, por ejemplo, ha utilizado su oleoducto hacia el Mar Rojo para aumentar envíos, pero esas alternativas son limitadas. No existe una red paralela capaz de sustituir Ormuz a gran escala.
Algunos productores han intentado esquivar Ormuz redirigiendo exportaciones por el Mar Rojo o por Fujairah, pero la guerra ya ha asomado por esas latitudes. Yanbu sufrió una interrupción temporal tras un ataque y otras infraestructuras regionales operan bajo amenaza. El conflicto empieza a erosionar también los propios planes de emergencia
Sin red de seguridad
A medida que las reservas se agotan, se vuelve insostenible absorber el shock y el sistema entra en una fase distinta. Los propios analistas del mercado lo están señalando con claridad: incluso en el mejor de los casos, el petróleo flotante solo podría compensar unas pocas semanas más de interrupción en Ormuz.
Y eso asumiendo que toda esa oferta fuera utilizable, algo que no es cierto.
En paralelo, Estados Unidos ha tenido que relajar de facto las restricciones sobre el petróleo iraní para permitir que esos barriles entren en el mercado, priorizando la estabilidad de precios frente a los objetivos geopolíticos. Es una señal clara de hasta qué punto el sistema depende de soluciones temporales.
Europa ya conocía el problema
Durante los primeros meses de la guerra en Ucrania, Europa vivió algo parecido en 2022 con el gas: el problema no era solo el suministro, sino cómo ese coste se trasladaba a toda la economía.
El gas sigue siendo el precio marginal de la electricidad en Europa, incluso cuando su peso en el mix es relativamente bajo. En 2022, llegó a fijar el precio el 63 % del tiempo pese a representar solo el 20 % de la generación. Hoy el mercado vuelve a tensionarse: desde finales de febrero, su precio se ha disparado cerca de un 90%.
Eso significa que esta crisis no se queda en el petróleo. Se filtra directamente a la electricidad, a la industria y a la inflación.
Y aquí aparece una debilidad estructural europea. La Unión Europea no ha terminado de resolver su dependencia del gas como fijador de precios. Las soluciones que se han planteado (el mecanismo ibérico, reformas del mercado eléctrico…) tienen efectos secundarios o limitaciones claras.
La única salida estructural sería acelerar las renovables, pero choca ahora con el contexto político y económico: inflación, bajo crecimiento y presión para flexibilizar políticas climáticas.
Todo esto apunta a lo mismo: el mercado energético no estaba preparado para un shock prolongado. Mientras existía el colchón flotante, la crisis podía parecer controlada; ahora, a medida que ese margen desaparece, el sistema entra en una fase más dura, donde mandan la logística, las infraestructuras y la duración del conflicto.
Ya no estamos ante un problema de cuánto petróleo hay en el mundo, sino de lo difícil que será hacerlo llegar donde se necesita.
Como comentaba el compañero Sergio Delgado en este mismo medio, no es momento de catastrofismos: el sistema energético global es hoy más resiliente que hace una década (diversificación de proveedores, reacción institucional, mayor peso de las renovables); sin embargo, esa mayor preparación no elimina el problema, solo lo gestiona mejor.
La diferencia es clave: esta vez el sistema puede absorber mejor el golpe, pero no evitar que, si la crisis se prolonga, termine trasladándose a precios, industria e inflación.
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La noticia
Se acaba el petróleo flotante que amortiguaba la crisis: ahora empieza el verdadero problema energético
fue publicada originalmente en
El Blog Salmón
por
Javier Ruiz
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