Fotografías: Yussel Barrera
Durante más de tres décadas, Los Ángeles del Infierno han tejido una relación poco común con México. Desde 1990, cuando comenzaron a frecuentar el país con giras constantes, la banda ha convertido cada visita en un reencuentro familiar. El domingo pasado, esa historia sumó un capítulo que parecía inevitable: la Arena CDMX, el único gran coloso capitalino que aún no llevaba su marca.
No era un concierto cualquiera. Era la consolidación de un idilio que ha sobrevivido modas, cambios de alineación y silencios prolongados —como esos 16 años en los que la agrupación dejó de pisar la capital— antes de regresar con un lleno rotundo en el Auditorio Nacional en 2024. Esta vez, la cita formó parte de la gira Todos Somos Ángeles, una declaración de principios que convirtió la velada en algo más cercano a un festival de camaradería que a un simple show de heavy metal.
Una procesión de aliados
La jornada arrancó desde temprano. El acceso a la Arena se transformó en un desfile de chamarras de mezclilla intervenidas, parches deslavados y camisetas que narraban la historia del metal en español. “Los vi por primera vez en el 92, en un lugar que ya ni existe. Hoy traje a mi hijo”, soltó Arturo, 48 años, mientras acomodaba una bandera rojinegra sobre la barandilla.
El primero en encender la mecha fue Transmetal. La leyenda del metal extremo mexicano no llegó a cumplir protocolo alguno; llegó a sacudir el piso. La incorporación de Isabel Romero al frente vocal demostró que la banda sigue apostando por la contundencia. “México Bárbaro” cayó como un martillo y “El Infierno de Dante” —sí, esa misma que casi vende 100 mil copias y que tiene los coros de Glen Benton— volvió a sonar descomunal, ahora con una interpretación afilada que dejó claro que la estafeta generacional está asegurada.

Después, la penumbra tomó otra forma con Trágico Ballet. Su teatralidad gótica aportó un sonido que combinó dramatismo y distorsión. La Arena comenzaba a latir con múltiples acentos del metal iberoamericano.
El puente con España se reforzó cuando apareció Saratoga. Los madrileños desplegaron un repertorio preciso, quirúrgico. Tete Novoa, dueño de un registro privilegiado, condujo temas como “A morir” y “Maldito Corazón” con una solvencia que desató coros masivos.

El ambiente festivo tomó otro cariz con Kabrones, proyecto formado por exintegrantes de Mägo de Oz. José Andrëa, Carlitos, Frank y Salva, repasaron himnos de la etapa clásica de Mägo. Aunque algunos problemas técnicos pusieron en aprietos al violín y a parte de la instrumentación, la energía festiva se impuso. El público no perdonó un solo estribillo de Finisterra o Jesús de Chamberí. La falla quedó como anécdota; la comunión, intacta.

El rugido principal
Pasadas las once, la atmósfera cambió. Las luces se extinguieron y un murmullo espeso recorrió las gradas. Cuando Juan Gallardo y Robert Álvarez aparecieron en escena, el recibimiento fue más cercano a una ovación futbolera que a un saludo convencional. Abrieron con “Todos Somos Ángeles” y “Sombras de la Oscuridad”, dos declaraciones de identidad que sintetizan la esencia del grupo: melodía afilada y una lírica que oscila entre lo romántico y lo desafiante.

Gallardo, con su timbre áspero y reconocible desde los años ochenta, demostró que la experiencia no ha erosionado la potencia. Robert Álvarez, fundador y arquitecto de muchos de los riffs más memorables del heavy en español, sostuvo la noche con una ejecución firme, sin alardes innecesarios.
La primera gran sorpresa llegó con la aparición de El Haragán y Compañía. Luis Álvarez, figura central del rock urbano capitalino, subió para interpretar “Pensando en ti”. La escena simbolizó el puente entre dos mundos que en México conviven sin fricciones: el heavy metal ibérico y el rock de barrio.
Más adelante, Benny Rotten de Especimen aportó su sello oscuro en “Dónde estabas tú”, sumando otra textura a la noche. El desfile de invitados confirmaba que Todos Somos Ángeles no era un eslogan vacío.
Ritual y clímax
En medio del vendaval eléctrico, un interludio inesperado: un grupo de danzantes prehispánicos ocupó el escenario. El retumbar del huehuetl se mezcló con el eco de la última distorsión. No fue un adorno folclórico; fue una pausa ceremonial que subrayó el vínculo de la banda con México, país que han llamado su casa incluso a riesgo de generar reproches en su natal España.

El clímax llegó con la incorporación de Leo Jiménez. “Jugando al amor” y “A cara o cruz” alcanzaron un nivel de intensidad que desembocó en “666”, coreado por miles de gargantas. La Arena vibraba como una sola estructura metálica.
Aún faltaba un guiño inesperado: “El Rey”, de José Alfredo Jiménez. Convertida en versión heavy, la canción reafirmó esa lectura que la banda suele hacer del compositor guanajuatense como un “metalero” por actitud más que por género.
El cierre con “Es un pacto con el diablo” selló la noche. No hubo discursos largos ni despedidas grandilocuentes. Solo la sensación de que una deuda histórica había sido saldada.
De los 250 conciertos que la agrupación contabiliza en México —83 en la capital y el Estado de México—, este quedará como uno de los más simbólicos. La Arena CDMX ya está marcada en el mapa de una banda que ha hecho del país su refugio sonoro. Y mientras se preparan para llevar la gira a Monterrey y Guadalajara, la escena del domingo confirma algo que se repite generación tras generación: en México, Los Ángeles del Infierno no son visitantes; son parte del paisaje eléctrico.
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