Por Kyra Zelanda
El próximo 19 de marzo, Unto Others regresará a México para presentarse por primera vez en la Ciudad de México. El concierto tendrá lugar en el Circo Volador y será producido por Dilemma. Para la banda estadunidense, liderada por el vocalista y compositor Gabriel Franco, este show marca un paso distinto en su relación con el público mexicano, luego de su debut en el país durante la edición 2023 del Candelabrum Metal Fest, en León, Guanajuato. Aquella aparición ocurrió en un contexto de festival; ahora, la cita es directa, sin intermediarios, frente a una audiencia que acude específicamente a verlos.
En entrevista con HEAVY MEXTAL, Franco aborda ese momento de la banda desde una postura clara, que funciona como eje de todo su discurso: Unto Others no se asume como un proyecto encerrado en una etiqueta. “No puedes gustar a todos. Definitivamente no es metal. Como dije, somos una banda de rock and roll”, afirma. La frase no es una provocación, sino una delimitación consciente de su identidad artística. Reconoce que hay elementos metálicos en su música, pero insiste en que el núcleo está en otro lugar. “Tenemos aspectos metal en nuestras canciones, pero al final nuestro género es la música rock. La razón es que esos son los instrumentos que usamos para hacer nuestro arte. No voy a limitarme a un género”.

Esa negativa a definirse a partir de un subgénero específico ha acompañado a Unto Others desde sus primeros lanzamientos y se refleja tanto en su sonido como en la recepción que han tenido. Franco evita describir a la banda desde una posición autorreferencial. “Los fanáticos tendrían que hacer eso. Como artista, no creo que sea mi responsabilidad describir lo que somos. Sólo estoy tratando de ser creativo”, explica. Aun así, es consciente de que su música ha sido clasificada dentro de distintos marcos, sobre todo desde el metal, aunque no siempre coincidan con su propia percepción.
La apreciación de la belleza y la ocuridad
El álbum Never, Neverland (2024), dice, ocupa un lugar central en esta etapa de la banda. Al hablar de su contenido emocional, Franco no ofrece una lectura cerrada ni un concepto único. Reconoce que es un disco disperso en sensaciones y enfoques, pero identifica un hilo común, que es la apreciación por la belleza y la oscuridad en todos los aspectos de la vida. Esa convivencia entre elementos opuestos aparece de forma constante en su obra, no como un ejercicio estético, sino como una manera de entender la experiencia cotidiana.
El proceso creativo de Franco parte casi siempre de la música antes que de la palabra. “La música siempre viene primero. Muy raramente tengo letras antes de poner una canción”, señala. De hecho, admite que suele acumular decenas de demos instrumentales antes de enfrentarse a la escritura de las letras, lo que en ocasiones se convierte en una fuente de presión. Aun así, la melodía y la armonía son el punto de partida. “Siempre me he atraído a sonidos más melódicos. Me encanta la melodía, me encantan las armonías, me encanta la manera en que se pueden intercambiar y jugar entre ellas”.
Esa búsqueda también implica asumir riesgos. En Never, Neverland, Franco identifica uno con claridad: “Sunshine”, la quinta canción del disco. La describe como una pieza extraña, incluso divisiva. “Sabía que esa canción iba a ser un poco divisiva. Mi propio bajista odia esa canción, no quiere tocarla en la práctica”, comenta. Para él, esa tensión forma parte natural del trabajo creativo y se relaciona directamente con su postura frente a los géneros y las expectativas externas.
La apertura estilística de Unto Others también se refleja en las versiones que han grabado de canciones ajenas a su repertorio original. Franco menciona temas como “Halloween”, “Pet Sematary” de Ramones o “Passion Rules the Game” de Scorpions como piezas que forman parte de su memoria personal. “Son canciones con las que crecí”, explica. En algunos casos, la elección responde simplemente al gusto y al contexto, como una obsesión nacida durante una gira extensa en la que llegaron a tocar un disco de Scorpions decenas de veces. Las versiones, aclara, no sustituyen el trabajo en material propio: “Los covers son divertidos, pero esas son para las publicaciones divertidas. El foco ahora está en escribir nuevas canciones originales”.
Sobre la experiencia en vivo, Franco no establece una diferencia radical entre tocar en un festival y hacerlo en un club. Reconoce las particularidades de cada formato, pero insiste en que cada noche es distinta y que la conexión con el público no sigue una fórmula fija. Aun así, recuerda con claridad ciertos momentos que marcaron a la banda, como su primera participación en el festival Keep It True, cuando aún eran un proyecto joven y tocaron frente a miles de personas. “Ese fue un momento en el que pensé que esto podría funcionar. Esto podría ser una cosa”, recuerda, vinculando esa experiencia con años de esfuerzo previo.
El contacto con audiencias de distintos países también ha moldeado su visión. Franco observa diferencias claras en la forma en que el público se involucra según el contexto social y económico. “He encontrado que mientras más privilegiada y rica es la audiencia, menos loca va a ser”, comenta, contraponiendo esa actitud con la de públicos más jóvenes que viven la música como una vía de escape. Habla desde la experiencia personal: “Yo era ese niño”, dice, al referirse a quienes encuentran en los conciertos algo más que entretenimiento.
El crecimiento de la banda ha tenido efectos fuera del escenario. Franco reconoce que la música puede alterar por completo la forma en que una persona es percibida por su entorno. “Puede cambiar tu vida 180 grados”, afirma. Menciona cómo algunas relaciones se transforman cuando el proyecto empieza a funcionar, tanto para bien como para mal, y subraya que incluso un nivel modesto de reconocimiento puede generar tensiones inesperadas.
En el escenario, la relación con el público ha cambiado con los años. Recuerda con sorpresa el primer concierto de Unto Others en Portland, en 2018, cuando la audiencia cantó todas las letras. “No podía creerlo. Pensé: ¿están bromeando conmigo?”, relata. Con el tiempo, esa respuesta se vuelve parte del lenguaje del show y permite un intercambio más directo, aunque Franco admite que no todas las noches se viven igual. Hay ocasiones en las que la conexión fluye y otras en las que simplemente se limita a tocar la música.
Para él, un concierto ideal no tiene que ver con el tamaño del recinto ni con la magnitud del evento, sino con cuestiones prácticas y sensoriales: que el sonido funcione, que no haya fallos técnicos y que no exista silencio entre el público. “He tenido tantos shows que fueron perfectos”, dice, sin necesidad de jerarquizarlos.
Cuando se le pregunta qué significa la música en su vida, la respuesta no se desvía hacia lo abstracto. “La música es mi vida”, afirma. Habla de ella como una práctica cotidiana, casi automática, pero también como un campo inagotable de aprendizaje. Le interesa escuchar discos buenos y malos, analizar cómo otros artistas escriben, estructuran canciones y toman decisiones. “Hay algo que aprender de cada pieza de música”, sostiene.
De cara a su presentación en la Ciudad de México, Franco evita promesas grandilocuentes. Anuncia un show sólido y reconoce el carácter especial de la fecha. “Nunca lo hemos hecho”, dice sobre tocar en la capital. “Si quieres ver nuestro primer show en la Ciudad de México y decir que estuviste ahí, tal vez el primero y el último, quién sabe”.
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