
Los de la Generación X y los Milénicos hemos convivido durante años con los teléfonos fijos, aparatos conectados a las líneas instaladas por las compañías telefónicas que toman el nombre del invento de Antonio Meucci (o Alexander Graham Bell, según se mire). Sin embargo de la Generación Z en adelante el principal recuerdo es ya el de los teléfonos móviles, primero en su versión de tontófonos y luego ya como teléfonos inteligentes.
Además de las diferencias tecnológicas, muchos otros detalles sociales diferenciaban cómo eran aquellos vetustos teléfonos fijos de los modernos. Son detalles muchas veces olvidados, pero que los más viejos del lugar recordarán. He aquí una lista de los diez más chocantes, insólitos e incomprensibles para las generaciones actuales:
- El número de teléfono pertenecía al lugar, no a la persona.. Y es que el concepto «fijo» del teléfono fijo se refería tanto a la movilidad del terminal como a su numeración. Cambiar de casa implicaba, en muchos casos, perder el número o esperar semanas o meses para poder trasladarlo.
- Marcar requería un tiempo físico medible. Con los teléfonos de disco («rotatorios»), marcar un número largo podía llevar entre 15 y 25 segundos, dependiendo de cuántos 0s y 9s tuviera (se tardaba más en el 0 o el 9 que en el 1 o el 2). No era posible «marcar rápido», al menos hasta que llegaron los terminales con teclado y memoria.
- Una llamada ocupaba toda la línea. Si alguien estaba hablando, y llegaba una llamada entrante, el teléfono «comunicaba». Internet, fax y voz compartiendo la línea era algo impensable hasta la llegada de las llamadas en espera y el ADSL, y aun así con muchas limitaciones.
- El teléfono funcionaba sin electricidad doméstica. Algo muy útil cuando se iba la luz en casa. Los aparatos recibían alimentación desde la central (unos 48 V de corriente continua). Hoy en día, al estar conectados a los routers, se quedan fritos como una patata.
- La privacidad era algo relativo por diseño. En cualquier casa se podía coger una extensión (los llamados «teléfonos supletorios») y escuchar la conversación de la línea, sin más. No había cifrado, ni autenticación, ni nada. Tan solo un ¡clic! indicaba que había otras personas escuchando la línea.
- Los teléfonos eran hardware prácticamente eterno. Un aparato podía durar 30 ó 40 años sin mantenimiento. No había obsolescencia debido a cambios de software, actualizaciones ni tampoco incompatibilidades.
- Llamar a alguien no implicaba poder hablar con esa persona. Cualquiera en la casa podía contestar al teléfono: hermanos, padres… Y lo mismo sucedía al llamar a alguien a una empresa, si no tenía extensión directa. Para los jóvenes era toda una historia llamar a la novia y tener que hablar antes con la madre o el padre; lo mejor era acordar previamente los horarios de llamadas.
- Las guías telefónicas eran libros físicos enormes, que crecían año a año.En forma de páginas blancas (personas, por apellidos), amarillas (empresas y profesionales, con publicidad) y azules (organismos e instituciones). Que había un problema de privacidad en las páginas blancas era algo evidente pero… ¡eran otros tiempos! De ahí se pasó a la eliminación de personas de los listados, bajo petición. De estas guías se nutría también el número de «información telefónica» (003, ahora 11818) donde se podía llamar para preguntar por personas concretas.
- Los hogares se convertían en intermediarios para las citas con amigos. En muchos casos era difícil quedar con alguien porque no aparecía en el lugar de la cita o no lo hacía a su hora. La mejor alternativa solía ser llamar a su casa (o a la tuya) para informar de dónde estabas y esperar que a la otra persona se le ocurriera la misma idea. A grandes males, grandes remedios.
- Las cabinas de la calle no daban cambio en monedas. Siguen sin darlo, pero las pocas miles que quedan como algo casi simbólico al menos admiten cierto tipo de tarjetas.
Aunque el teléfono fijo no era ni un dispositivo personal ni tenía ningún tipo de movilidad, fue una herramienta altamente social, con la que se consiguieron auténticas maravillas. Hoy en día es un objeto casi antropológico y de museo, que seguimos usando aunque sea a base de WhatsApps, videollamadas y redes sociales.
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Foto (CC) Quino AI @ Unsplash.
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