5 bandas que alguna vez cambiaron el metal

El metal no es un monolito. Es un organismo vivo, un sonido que se retuerce, se fractura y se rehace con cada generación que lo toca. Desde sus primeros rugidos en los 70 hasta los experimentos más retorcidos del siglo XXI, el género ha sido moldeado por bandas que no se conformaron con seguir el camino trazado. Este artículo no va de pioneros obvios ni de nostalgias baratas; se trata de cinco grupos que, en su momento, agarraron el metal por el cuello y lo obligaron a mirar hacia otro lado. No inventaron el género desde cero, sino que lo desarmaron y lo reconstruyeron con herramientas nuevas. Aquí están, con los hechos puestos sobre la mesa.

Meshuggah: El metal como ecuación

Cuando Meshuggah lanzó Destroy Erase Improve en 1995, el metal extremo estaba cómodo en su caos de blast beats y gritos. Los suecos no. Ellos trajeron algo diferente: un sonido que parecía diseñado por un matemático loco. Polirritmias que no encajaban en compases normales, guitarras afinadas tan abajo que parecían gruñir desde el subsuelo, y una precisión quirúrgica que desafiaba la idea de que el metal debía ser solo furia descontrolada. Jens Kidman cantaba como si estuviera escupiendo código binario, mientras Fredrik Thordendal tejía riffs que se desdoblaban en patrones imposibles. Más tarde, con obZen (2008), perfeccionaron ese enfoque y popularizaron el «djent», un término que nació del sonido de sus cuerdas al golpear. Según una entrevista en la revista Decibel (edición de marzo de 2008), el baterista Tomas Haake explicó que su meta era «escribir música que no pudiéramos tocar al principio», forzándolos a reinventar su propio lenguaje. Meshuggah no solo cambió el metal técnico; le dio un nuevo sistema operativo.

Metallica: Velocidad con cerebro

En 1983, el metal estaba atrapado entre el maquillaje y los solos virtuosos. Metallica llegó con Kill ‘Em All y pateó la puerta. No era solo que tocaran rápido —el punk ya había enseñado eso—, sino que lo hacían con una mezcla de crudeza y detalle que nadie esperaba. James Hetfield y Lars Ulrich tomaron la energía del hardcore y la cruzaron con estructuras que se alargaban como laberintos, algo que se vio claro en Master of Puppets (1986). «Battery» empieza con una guitarra acústica que engaña, antes de explotar en un torbellino de riffs. El libro Metallica: Back to the Front (2016) detalla cómo grabaron ese disco en condiciones precarias, con un presupuesto mínimo, y aún así lograron que sonara como un mazazo. Metallica no inventó el thrash, pero lo sacó de los garajes y lo puso en un escenario global, obligando al metal a pensar más allá del estribillo fácil.

Pantera: El puñetazo de los 90

A principios de los 90, el metal estaba tambaleándose. El grunge dominaba las radios, y el hair metal se desinflaba como un globo pinchado. Pantera, unos texanos que habían dejado atrás sus días de spandex, soltaron Cowboys from Hell (1990) y le dieron al género un segundo aire. El riff de Dimebag Darrell en «Domination» no era solo pesado; era una declaración de guerra. Phil Anselmo cantaba con una rabia que no pedía permiso, y la batería de Vinnie Paul golpeaba como si quisiera romper el cemento. Con Vulgar Display of Power (1992), consolidaron el groove metal, un estilo que vivía de ritmos machacantes y actitud callejera. En una charla para Revolver (febrero de 1992), Anselmo dijo que querían «hacer música que sonara como nosotros peleando en un bar». Pantera no salvó al metal; lo despertó a golpes y le dio una nueva cara para la década.

Death: Más allá de la brutalidad

El death metal nació como un rugido primal, pero Death lo llevó a otro plano. Chuck Schuldiner empezó con Scream Bloody Gore (1987), un disco que era puro salvajismo: voces guturales, tempos endemoniados, letras sobre sangre y podredumbre. Sin embargo, no se quedó ahí. Para Human (1991), reclutó músicos como Paul Masvidal y Sean Reinert (ambos de Cynic) y transformó el subgénero en algo técnico, casi progresivo. Las canciones se volvieron intrincadas, con solos que tenían melodía en medio del caos. Schuldiner, en una entrevista para Metal Hammer (octubre de 1991), dijo que quería «mostrar que el death metal podía ser arte, no solo ruido». Su evolución marcó un punto de inflexión: después de Death, el género empezó a ramificarse hacia lo melódico y lo experimental, abriendo caminos que aún se exploran.

Tool: El metal que respira

Tool no encaja en moldes, y esa es la clave. Cuando salió Ænima (1996), el metal estaba obsesionado con la velocidad o la agresión directa. Ellos fueron por otro lado: canciones largas que se desplegaban como rituales, baterías que jugaban con el tiempo como si fuera arcilla, y letras que miraban hacia adentro en lugar de gritar al mundo. Danny Carey tocaba polirritmias que parecían desafiar la física, mientras Adam Jones pintaba texturas con su guitarra. Maynard James Keenan, con su voz cambiante, llevaba las canciones a lugares oscuros y extraños. En una reseña de la época, la revista Kerrang! (octubre de 1996) describió el disco como «un viaje que no te explica a dónde vas». Tool no solo cambió el metal progresivo; le dio una dimensión psicológica que antes no existía.

Estas cinco bandas no se limitaron a tocar más fuerte o más rápido. Cada una encontró una grieta en el metal y la abrió de par en par, dejando tras de sí un género más ancho, más raro, más vivo. Meshuggah lo matematizó, Metallica lo aceleró con inteligencia, Pantera le dio garra, Death lo hizo pensar, y Tool lo volvió un espejo. El metal sigue mutando, pero estos momentos fueron bisagras que giraron su historia.