5 bandas de ultra thrash metal que debes conocer

El ultra thrash metal no es un término que encuentres en manuales ni enciclopedias. Es una etiqueta que se siente en los huesos, un código tácito entre quienes saben que el thrash puede ir más allá: más rápido, más crudo, más al límite de lo que el cuerpo aguanta. Hablamos de bandas que no solo aceleran el metrónomo, sino que parecen querer destrozarlo, llevándose por delante cualquier noción de calma o compostura. Este artículo no va de los gigantes que ya conoces —Metallica, Slayer o Megadeth—, sino de cinco nombres que tomaron el thrash y lo retorcieron hasta hacerlo sangrar, cada uno con un enfoque que desafía la cordura a su manera. Prepárate para un viaje por los márgenes del género, donde las reglas se queman y el volumen es un arma.

1. Razor

Desde las entrañas de Guelph, Canadá, Razor no vino a negociar ni a pulir esquinas. Formados en 1983, soltaron Evil Invaders en 1985, un disco que suena como si alguien hubiera grabado el caos de una revuelta en un bar y luego le hubiera puesto guitarras. Dave Carlo, el cerebro detrás de los riffs, construye líneas que no solo corren, sino que persiguen, mientras la voz de Stace «Sheepdog» McLaren rasga como un alarido en medio de una tormenta. Temas como “Cross Me Fool” o “Evil Invaders” no dan tregua; son cortos, directos y te golpean como un puñetazo en el mentón. Su cima llegó con Violent Restitution (1988), donde “Shotgun Justice” define lo que significa tocar thrash sin mirar atrás. Razor no llenó estadios, pero su ferocidad sigue resonando en los sótanos donde el género respira.

2. Whiplash

En Nueva Jersey, mientras el thrash de la Bay Area acaparaba titulares, Whiplash decidió que la sutileza era para los débiles. Los tres Tony —Portaro, Bono y Scaglione— debutaron en 1985 con Power and Pain, un álbum que no pide permiso para entrar ni se molesta en despedirse. Aquí no hay solos eternos ni adornos; cada canción es un martillo neumático que va al grano. “Stage Dive” o “Walk the Plank” (de Ticket to Mayhem, 1987) son cápsulas de energía pura, con riffs que cortan y una batería que suena como si quisiera romper el kit. Tony Portaro lo dijo claro en una entrevista para Metal Forces en 1986: tocar para herir, no para agradar. Whiplash es thrash en su forma más desnuda, un recordatorio de que el género no siempre necesita sofisticación para funcionar.

3. Holy Terror

Los Ángeles parió a Slayer, pero también a Holy Terror, una banda que tomó el thrash y lo tiñó de sombras melódicas. Formados en 1986, su debut Terror and Submission (1987) mezcla velocidad con un aire casi gótico, gracias a la voz de Keith Deen, que pasa de gritos a lamentos en un parpadeo. Guitarras como las de “Black Plague” te arrastran a un torbellino, pero hay algo teatral en cómo construyen el caos, un contraste que los separa del resto. Mind Wars (1988) lleva esa fórmula más lejos, con “Judas Reward” mostrando riffs que enganchan sin perder el filo. Holy Terror no tuvo la maquinaria promocional de otros, pero su sonido —rápido, oscuro, extraño— sigue siendo un secreto bien guardado para quienes buscan algo diferente en el ultra thrash.

4. Sacrifice

Canadá vuelve a la lista con Sacrifice, una máquina de guerra que no se anda con rodeos. Desde Toronto, soltaron Forward to Termination en 1987, un disco donde los riffs de Rob Urbinati y Rick Nemes suenan como alambre de púas enredándose en tus oídos. “Re-Animation” es un ejemplo brutal: velocidad que no frena, batería que castiga y una voz que parece gritar desde el borde del abismo. Para Soldiers of Misfortune (1990), afilaron el ataque sin suavizarlo, con temas como “In Defiance” que te sacuden hasta el último acorde. Urbinati explicó en Decibel (edición 145, 2016) que querían un thrash que te persiguiera, y lo lograron. Sacrifice es prueba de que el norte también sabía cómo hacer temblar el suelo.

5. Demolition Hammer

Si el thrash tuviera un punto de ruptura, Demolition Hammer estaría justo ahí, sosteniendo el mazo. Formados en el Bronx, Nueva York, en 1986, su álbum Epidemic of Violence (1992) es un asalto sónico sin pausas. “Skull Fracturing Nightmare” abre con un riff que parece diseñado para demoler paredes, mientras Steve Reynolds escupe letras como si estuviera declarando la guerra. La batería de Vinny Daze no solo marca el ritmo; lo despedaza a más de 200 pulsaciones por minuto. Antes, Tortured Existence (1990) ya había mostrado su obsesión por la intensidad, con “.44 Caliber Brain Surgery” como un disparo al centro del género. Demolition Hammer no inventó el ultra thrash, pero lo llevó a un lugar donde pocos se atrevieron a seguir.

Estas cinco bandas no son trofeos de museo ni nombres para presumir en charlas casuales. Son combustible vivo, pruebas de que el thrash metal puede ser más que velocidad: puede ser una fuerza que te empuja al borde y te deja ahí, jadeando. Cada una aporta algo único —la rabia sin filtro de Razor, la precisión cruda de Whiplash, el giro sombrío de Holy Terror, la urgencia de Sacrifice, el impacto demoledor de Demolition Hammer—. No necesitan reflectores ni estadísticas de ventas para validar su existencia; su música habla por sí sola. Conéctate unos audífonos, sube el volumen y deja que te arrastren. ¿Cuál vas a escuchar primero?